domingo, 27 de diciembre de 2009

Club Atlético de Madrid

"No hay nada más bello que lo que nunca he tenido, nada más amado que lo que perdí" Joan Manuel Serrat

Hoy, hace diez años que el Club Atlético de Madrid S.A.D fue intervenido judicialmente. Como por aquel entonces, el equipo se encuentra hoy en un camino triste y silencioso hacia la segunda división. Lo sucedido estos diez años es un fragmento de nuestra historia que no resultará fácil de entender en un futuro si se acude a las hemerotecas y si se utiliza como fuente la prensa deportiva convencional.

Para este gremio, el de la prensa que usa el deporte como negocio de explotación, se hizo en su momento borrón y cuenta nueva; allá por el año 2000 la sociedad estaba en segunda división, la dirección del club fue recuperada por la familia Gil y como si no hubiese pasado nada, como si aquello hubiese sido el levantamiento del General Riego, las cosas volvieron a donde estaban, y no fueron pocos aficionados los que sintieron cierto alivio al ver que aquella cosa de la intervención terminaba. Rápidos se pusieron manos a la obra Miguel Ángel, Jesús y Enrique, y nos les faltó valor para establecer plazos, fue aquel un proyecto menos ambicioso que lo de los quinquenios de Stalin pero oiga, salir del infierno no es cualquier cosa. Resultó para los atléticos aquello del infierno una cosa bien sencilla, allí sólo estuvimos un año, lo que si fue algo más complicado fue lo de subir a primera división.

Decían algunos compañeros del portugués que Futre era un gran pasador, tenía la técnica y la visión de un privilegiado, decían también que daba los pases para jugadores de su velocidad, pases a los que sólo gente como él podía llegar. Hubo algún entrenador que atendiendo a estas cualidade quiso retrasar su posición, Maguregui, Clemente o Ivic pensaron que su calidad era más necesaria en el Centro del Campo de lo que era su velocidad en la delantera. Algo parecido le debió pasar a Don Luis Aragonés tras subir el equipo a la primera división. Pensó que para devolver al Atlético de Madrid a su situación histórica se requerían al menos tres años, lo decía delante de una afición impaciente por recuperar su lugar, y lo decía lanzándose a los leones, proclamando paciencia y prudencia tras dos años en segunda. Tres años de gestión responsable y con visión serían necesarios. Probablemente como Futre cuando lanzaba un pase al hueco, pensó el zapatones que eso de la responsabilidad, la previsión y la profesionalidad son cualidades innatas al ser humano, como la bondad lo era para Rousseau, como la velocidad lo era para Futre, como la responsabilidad lo es para el sabio. La prudencia de este quedó en osadía muy a pesar de los que aún van por el Manzanares.

Los aficionados al Atlético de Madrid hemos presenciado atónitos los peores diez años en la historia del club. Y esto no es poco si tenemos en cuenta que los inmediatamente anteriores fueron protagonizados por uno de estos personajes forzados por su conducta al aprendizaje autodidacta del derecho penal. Sin títulos, sin oportunidades, sin una victoria sobre el eterno rival, sin mayor alegría que la de ver a un chaval de Fuenlabrada dar sus primeros pasos como estrella del fútbol, hemos visto un desfile de disparates y situaciones para las que no resulta fácil encontrar un adjetivo, lo más aproximado al plan de acción que ha puesto en marcha la directiva actual sería probablemente el manifiesto dadaista.

Cabría pensar ante este panorama de despropósitos y ante el inquietante desarrollo de esta temporada que las críticas arreciarían contra la directiva. Más si tenemos en cuenta que unos señores con toga pensaron en su momento que el dinero en el Atlético de Madrid se escapaba por puertas secretas que no abría un conejo con mucha prisa y que conducían a cierto tipo de sociedades donde no se encontraba uno con la Reina de Corazones. Algún iluminado podría pensar que el Presidente del club, dado su nefasto historial como dirigente andaría con cuidado y mediría sus palabras, no vaya a ser que molesten. Menos, pero también suficientes serían los que esperarían oír pronunciadas alguna de esas palabras prohibidas en las oficinas de la sociedad Atlético de Madrid, Reflexión, profesionalidad, autocrítica, digo. Incluso cabría pensar que no faltará el incauto que acierte a encontrar en la prensa deportiva un círculo de opinión y análisis que conceda a esta situación la importancia que merece un club de esta solera. Pues oiga, No. No pasa nada de esto.

Hace diez años, con el equipo apuntando a segunda, la directiva encarcelada, el administrador perdido y la afición desquiciada se le acercó un periodista a Rivilla. Al capitán. Le preguntó el periodista sobre su posición acerca de los hechos que venían pasando, está usted a favor de la directiva, de la intervención; dijo Rivilla... Mire, yo voy con los de las rayas rojas y blancas.
Para mi, esa frase, tan simple, tan inmediata, sin medias vueltas, sin metáfora alguna, antigua y casi atávica, es la última poesía que mantiene esto con el aspecto de algo soportable.

Juan Carlos