Esto de las fábulas ha sido siempre un género literario muy aleccionador y bastante socorrido, personificando en animales conductas propias del ser humano se pueden decir muchas cosas que de otra forma sería bastante más complicado explicar y esto sólo por que de alguna manera, las gentes de bien han ido atribuyendo a ciertos animales un carácter o un cierta especie de personalidad propia y comparable a la de algunos hombres.
Las hay que hablan sobre avaricia, otras lo hacen sobre los instintos incontrolables del hombre, y las hay también más modernas, que tratan de reflejar el estado de una sociedad o el tipo de individuos que podemos encontrar en ella. Finalmente todas, tienen ese espíritu docente, simplista y educativo que tan bien ha funcionado siempre con los niños antes de ir a la cama. Tal ha sido la penetración de estas historias que hoy incluso nos atrevemos a calificar directamente a algunas personas con el nombre de un animal sabiendo todos por su contexto cultural lo que en realidad le estamos llamando. Por ejemplo. Si alguien dijese que Miguel Angel Gil y Enrique Cerezo se han comportado con el Atlético de Madrid como dos aves de carroña, aún sabiendo todos el enorme valor ecológico de estas nunca bien valoradas criaturas, muchos pensarían en dos pajarracos despeluchados que pelean con ferocidad por devorar los entresijos de un animal en estado de putrefacción. Incluso alguno, en su afán por concretar la comparación, apuntaría que estas imponentes aves han desarrollado la capacidad de digerir casi cualquier cosa gracias a un prodigioso aparato digestivo inmune a todo tipo de bacteria generada por la carne en descomposición.
Si alguien pretendiese hacer el mismo ejercicio con la prensa deportiva en este país, tal vez dijese que estos se comportan y se han comportado con nuestro club como una jauría de Hienas, y no muchos verían en esta comparación un animal tenaz, temido, capaz de adaptarse al medio como ningún otro, o como un animal singular, que organiza sus grupos en torno al matriarcado, serían mayoría seguramente los que viesen un grupo de animales encorvados y siniestros que ríen al son de la mayoría y actúan frecuentemente con nocturnidad y de forma traicionera.
Llegados a este punto, alguno se encontraría con la comparación más dolorosa, qué animal podríamos atribuir a la hastiada afición atlética, se me ocurre el Ñu, aunque sería aceptable cualquiera de los herbívoros que campan en manada por esas llanuras de Dios. Y alguno puede sentirse ofendido y he de decir que no hago la comparación con la intención de ofender a nadie, pero miré, ¿ha visto usted alguna vez un ñu indignado y contrariado por los sinsabores del destino? ¿Ha visto usted alguna vez como los ñus enfrentan su cruel y desgraciada vida con la fuerza del grupo o con la rebeldía? ¿Ha visto usted alguna vez a un Ñu leyendo a Trostky? No se me ocurre otro animal más nihilista y eso que los ñus no han vivido un pasado glorioso, esto es, no hablamos de una animal paciente que vivió momentos de gloria, el ñu ha sido siempre un animal con menos prensa que el foro europeo de tapiceros, o sea.
Todo esto sea dicho con el mayor de los respetos, por la parte que me toca como componente de esa afición y como frustrado tapicero; otro día nos ponemos más serios y hablamos de Jenkins, de John McCarthy de Mayer Zald de los incentivos selectivos, de la disponibilidad de recursos, de las acciones colectivas y de la historia de los movimientos sociales. Al final estos tipos vendrían a decir que o bien los Ñus un día se pillan un cabreo de tres pares de cojones y arrasan con la sabana en un acto irracional (cosa que no descarto tal como van las cosas), o que tal vez los ñus no tienen herramientas para organizar su protesta, no disponen de derechos para ejercerla, no encuentran un objetivo claro por el que hacerla y así, finalmente se resignan a una estructura carente de oportunidades y elementos para organizarse, quedando los pobres a la discreción de cocodrilos, leones, y demás fieras.
Nos quedan los jugadores, los deportistas, jóvenes, adinerados, algunos más agraciados que otros, pero sin duda en esta sociedad el dinero embellece, y tanto embellece que un chico que bien podría estar tuneando su Seat León en el polígono de Coslada hace ahora anuncios para Armani. Los futbolistas, o esos que salen al campo con la camiseta del Atlético de Madrid intentando sin éxito darle tres patadas a un balón, serían los Leones, protagonistas del juego, de la sabana y de los documentales de la BBC. En este caso, los del club Atlético de Madrid deben pertenecer a uno de esos clanes en decadencia, donde cazan un par de individuos con un bajo porcentaje de acierto pero cuyas erráticas acciones son aún afición de muchos y también de unos pocos que se sirven de sus contados aciertos para alimentar a su numerosa prole de hienas o a la siempre expectante pareja de Buitres.
En este cuento no hay final, no hay moraleja, o quizás alguno que se ponga más profundo pueda ver aquello del ciclo de la vida, ese destino inmutable y lógico que se mantiene de generación en generación, inalterable, los buitres son felices siendo buitres, las hienas sobreviven felizmente siendo hienas, los leones, aún en decadencia, siguen siendo leones, y los ñus no parecen pintar demasiado en la sabana, pero ciertamente todos deberían saber, que sin ñus, no hay leones, ni hienas ni buitres, ni sabana.
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