Se recurre frecuentemente y desde hace unos años a esta parte con mayor intensidad a cierta especie de explicación determinista para dar un sentido a los bandazos deportivos y no deportivos que nos obsequia el El Atlético de Madrid SAD. Las cosas ya salgan bien o mal son resultado de una identidad, de eso que llaman idiosincrasia, de algo parecido a un trastorno esquizofrénico arraigado en la historia deportiva del club que convierte a este equipo en un individuo imaginario que vive entre la épica más inesperada y el derrotismo autocomplaciente.
El Atlético de Madrid es en el mejor de los casos un ser bipolar que hace las delicias de la prensa deportiva, ya sea por lo habitual de sus situaciones caóticas o por lo heroico de las contadas e insustanciales alegrías que proporciona a su afición. Y es en el peor de los escenarios un caso perdido de chaladura que ofrece esporádicos momentos de lucidez desperdigados por un horizonte de conductas disparatadas.
Esta explicación se funda en históricas decepciones que nada tienen que ver con el presente. El Club Atlético de Madrid era un club serio, reconocido como tal en todos los campos, respetado por la seriedad de su directiva y de su afición, pero sobre todo respetado por la seriedad de sus vestuarios. No era de extrañar que un jugador, ante la disyuntiva de venir al Atletico de Madrid o de ir al Real Madrid, se decidiese por nuestro club, y lo hacía en base a la coherencia deportiva de un proyecto comprensible para todos y con un futuro de éxito garantizado, como ahora, en aquel entonces el Atlético de Madrid partía en desventaja respecto a Real Madrid y Barcelona, pero esa desventaja era frecuentemente superada con seriedad, coherencia y cierto gusto por el buen fútbol. Las decepciones por aquel entonces eran tales como perder una final de la copa de Europa, regalar una liga en las últimas siete jornadas o perder una liga en casa empatando contra el Barcelona, pero también las alegrías eran otras. Eliminar a la Juventus, eliminar al Cagliari, ganar una intercontinental o ganarle una liga al Real Madrid en el Bernabeu.
Cuando un socio del Atlético de Madrid enseñaba el carnet en el bar lo hacía orgulloso de su equipo, de un equipo que era respetado y bien acogido en todos los campos, de un club señorial con un vestuario envidiable y repleto de buenos futbolistas que aspiraban por derecho a ganarlo todo. El romanticismo de aquel club se fundaba en la desventaja superada sobre la base del esfuerzo. Se fundaba en el espíritu de superación.
Ese romanticismo, esa identidad, ha sido manoseada y desvirtuada hasta su completa aniquilación. Ha sido transformada en un producto de marketing que muchos nos hemos negado a comprar pero que no pocos han abrazado como una nueva identidad de la que incluso se puede presumir. La identidad del perdedor simpático que nunca abandona sus colores por muy decepcionantes y ridículos que lleguen a ser. Cuando un aficionado del Atlético de Madrid decide hacerse abonado de este club, no lo hace ahora con la ilusión de ver buen fútbol, de ver un equipo comprensible y serio que aspira en lo deportivo a superar las adversidades con la fuerza de su trabajo, lo hace en muchos casos con la intención de comprar un carnet de identidad, lo hace con la intención de comprar cierta especie de producto muy valorado en nuestra sociedad, lo hace como aquel que decide y puede vestir de Armani, lo hace como aquel que decide y puede comprarse un volswagen Golf, lo hace como aquel que necesita ser identificado por los demás como un sujeto diferente y excepcional que encuentra su distinción en la extravagancia del perdedor orgulloso, acostumbrado a los desastres y a los sinsabores de un destino cruel que tiene escondida para su equipo la anhelada gloria de los desheredados.
Esta nueva identidad ha tomado forma y se ha visto reforzada en la desastrosa gestión que sufre el Atlético de Madrid desde que la Familia Gil se hizo cargo del club, y ha sido creada y alimentada por la directiva y por la prensa con el objeto de enmascarar la incapacidad de sus dirigentes para mantener el legado que recogieron. Esta nueva identidad es el paraguas bajo el que se cobija un directiva incompetente y oscura, unos jugadores desvinculados de su responsabilidad, una prensa vendida y sin capacidad para realizar un análisis crítico y un cuerpo técnico frecuentemente desautorizado y colocado allí con la intención de soportar sobre sus espaldas, mientras estas aguanten, la incoherencia del contexto. Esta identidad, en fin, ha sido creada para dar explicación a lo que de otra forma sería inexplicable.
Difícil será cambiar las cosas si parte de la afición se encuentra cómoda en esta identidad. Hoy sabemos que Quique Sánchez Flores no se encuentra cómodo y se lo ha hecho saber a su plantilla y a una directiva que recibió con cierto asombro las declaraciones del Miércoles. Veremos entonces con Quique, si finalmente un trastorno de bipolaridad, se cura con hostias o si este psiquiatra de nuevo cuño acaba junto a sus revolucionarias teorías durmiendo en una habitación acolchada.
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