lunes, 4 de enero de 2010

Huyendo del Fuego

En tierras de bruma, en cenagales, en un invierno perpetuo nos situaba Jean Jacques Annaud hace ya casi treinta años. Un grupo de Neanthertales, en el otoño de su existencia, se encuentra en situación desesperada, su fuego, la fuente de calor, aquel que conservan cuidadosamente en una candil, sagrado, protegido por los ancianos, agota su vida producto del frío. Bien adaptados al medio, robustos y expertos cazadores, los Neanthertales, no dominan ese elemento tan preciado que consiguen de la casualidad. Aquel de todos ellos que ha vivido más tiempo procura su sabiduría al resto y les hace entender que su supervivencia será muy difícil si no adquieren de nuevo una llama que proteger. Y así, unos valientes Neanthertales salen de aquel lugar en busca del Fuego.

Las causas de su desaparición son poco conocidas, se sabe que pudieron interaccionar con el Sapiens Sapiens, y se ha ido abandonando con el tiempo esa idea que nos dibujaba a estos hombres como seres inadaptados y carentes de toda cualidad humana. Un cierto horizonte espiritual, sensibilidad o incluso el lenguaje no les eran desconocidos y los historiadores de la prehistoria, los arqueólogos y los paleoantropólogos coinciden ahora en afirmar que su extinción pudo ser más producto de problemas genético-ambientales antes que de su adaptación al medio. Jean Jacques Annaud, en una visión más poética, como hizo poco después en “El nombre de la Rosa”, nos narra un momento de cambio, nos deja ver la semilla de una revolución cultural desde los ojos de aquellos que no la emprendieron, pero si fueron testigos de su origen.

Aquellos Neanthertales, los que emprendieron la misión de encontrar, proteger y llevar el fuego para su grupo, encuentran por el camino a una pequeña mujer, un Sapiens Sapiens, cuya aparente fragilidad esconde perfectamente el arma que hará prevalecer a sus congéneres, la capacidad intelectual, la fraternidad grupal o cierta cualidad para moldear el medio y para dominar los elementos que la naturaleza ponía a su alcance.

Mientras asistía con cierta perplejidad al partido Atlético de Madrid – Sevilla, avergonzado como casi siempre por alguno de los cánticos que se oyen desde el fondo sur, y muy a pesar de que el Sevilla no es un equipo que me caiga para nada simpático, cansado ya de las pipas, con los pies helados, la bufanda tapándome la nariz y Reyes camino de los vestuarios, no pude dejar de pensar que aquel Atleti, sin agüero, bien podría ser ese grupo de Neanthertales, perdidos en un invierno sin final, viviendo de la casualidad, arrojados allí a lo desconocido por un señor llamado Quique Flores, arrojados a la aventura, pero no a la aventura de encontrar el fuego, sino a la aventura de despistarlo, de hacerlo olvidar, como si la solución de aquellos Neanthertales que nos contaba Jean Jacques Annaud no hubiese sido si no otra que gritar y despotricar contra todos los animales de su querida ciénaga esperando que tal vez acomodados en una naturaleza que nos les corresponde el fuego fuese a aparecer de nuevo por arte de magia. Bien haría el señor Quique Flores en buscar el fuego cuando se apaga y no en salir huyendo a base de los patadones y a base de las manidas excusas que tan pronto ha mimetizado. Presión, presión la de aquellos Neanthertales, eso si que era presión y no la que puede sentir el señor Forlán.

Aquella joven, Frágil y pintarrajeada, en un glorioso momento de la película, muestra a aquel Neanthertal como fabricar Fuego. Ese pequeño ser, anticipa al fornido Neanthertalensis el futuro de su grupo. No basta con adaptarse, para prevalecer, se requiere dominar.

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