viernes, 29 de enero de 2010

Muñecos de Paja

Hace ya más de veinte años llegó al Atlético de Madrid un individuo de esos que no olvidan fácilmente aquellos que tienen la suerte o la desgracia de conocer. De la mano de Futre y con un ideario agresivo consiguió el apoyo de muchos y la animadversión de unos pocos. A esos pocos, que además dejaron el club, hemos de reconocerles hoy como auténticos visionarios.

Como lo que era, un paleto ignorante, Jesus Gil trató de amoldar el mundo a su constreñido entendimiento, y en la medida de sus posibilidades lo consiguió. No era de su gusto rodearse por personas con criterio y capacidad para contradecir sus opiniones. En consecuencia se deshizo por la tremenda de todo aquel que no le correspondía, o mejor, de todo aquel que no le bailaba el Agua. Uno de ellos, o el primero, fue Luis Aragonés, y cuentan algunos que el Sabio, quizás en su faceta menos templada pero también docente, a punto estuvo de soltarle dos hostias. Y así, desde el médico hasta el secretario técnico, desde la estructura de cantera hasta la sección de Balonmano, fue dejando aquello como un solar, como un espacio diáfano en el que poder amontonar un buen puñado de pelotas que se acomodasen a su extravagante conducta. Pero también encontró algo que quizás no esperaba, y era una cosa llamada vestuario. Un lugar del que no se podía prescindir pero en el que no le resultaba fácil entrar. Así parece que Menotti se lo hizo entender desde un primer momento y mientras las cosas fueron bien, se mantuvo alejado de lo que hasta entonces había sido un lugar reservado para los Deportistas.

Como no podía ser de otra manera y toda vez que las cosas no sucedieron de la forma ideal que él esperaba, se metió en ese vestuario y lo hizo usando el mismo protocolo que hubiese utilizado para entrar en cualquier otro sitio, ya fuese una junta de la Real Federación o un programa de Telecinco, esto es, dando coces . El vestuario del Atlético de Madrid no ha vuelto a ser lo mismo. Y es verdad que era difícil o muy difícil conseguir que lo fuera, que el capitán del equipo fuese el yerno del presidente o que varios jugadores tuviesen negocios con él. Se decía que el Atlético de Madrid era una familia y no sólo se decía sino que también lo parecía. Lo que ha sucedido desde estos últimos veinte años con ese vestuario sólo lo saben los que están dentro y muy pocos se atreven a contarlo. Kiko Narvaez, cuenta “maravillas” de Jesus Gil, de Cerezo y de Gil Marín, dice el de Jerez que no hubiese estado mal tener una cena con el de Soria, ya una vez retirado, para encontrar el buen fondo que se le supone a toda persona, como jugador, dice, no lo descubrió, más bien todo lo contrario. Desde el “muerto de hambre Donato” pasando por Setién, Arteche, Alemao, Landáburu, Tren Valencia, Solozabal, Peiró, Ufarte, Luis, Basile, Pastoriza, Ivic, Maguregui, y una larga lista de gente, Deportistas de los de antes unos y un poco menos de antes otros, con lo que ello implica, en estos últimos veinte años hemos sido testigos de una linea de actuación que deja bien a las claras quien campa por sus anchas dentro del Club Atlético de Madrid. SAD

Dice Kiko, que a el no le salía del alma quedarse dos años cobrando de balde cuando un socio se deja la vida para renovar el carnet. Y por eso renunció a la ficha, y se quedó sin equipo, esa es la verdad, ni tenía nada firmado con el Milán ni nada de lo que se dijo fue cierto. Se filtró tal información para desviar la atención con un muñeco de paja, como sucede casi siempre, y así, una pancarta bien visible para todo el mundo estuvo medio partido en el Frente Atlético deseándole la muerte al de Jerez cuando otras mucho más pequeñas no duran cinco minutos. Sobre el Frente Atlético, o un grupo de dudable condición ética que allí se encuentra, se puede hablar otro día, como del encargado de seguridad del Estadio. Sólo una gentuza de peor calaña que ellos puede hacerse valer de su puesto para utilizar a estos individuos que andan montando peleas por todos los campos y dando una imagen de la afición que no se corresponde, o de esos otros que cogen a un señor de cincuenta años por la pechera para retirarle una pancarta donde pone Gil culpable. Esa Gentuza, son Miguel Angel Gil y Enrique Cerezo.

Si los que estamos fuera, nos podemos dar cuenta de como proceden estos individuos, si vemos el desparpajo y la falta de vergüenza que tienen estos dos estafadores de baja estopa. Y digo de baja estopa por que tardaron diez años en darse cuenta de como hacer negocio personal con el Atlético de Madrid, los diez primeros sólo lo utilizaron como plataforma mediática. Qué no se dirá dentro de ese vestuario. Que nivel de implicación puede tener ese vestuario cuando sabe que está dirigido y condicionado por esta cierta clase Gentuza. Y así, aquel que no comulga con la canción, sabe donde va a acabar. Donde han acabado otros. Otros, que aún siendo históricos, no quieren saber nada del Atlético de Madrid. Y muchos de los que están, son esa clase de jugador que parece recién llegado tras cuatro años en el club y que ya desde que llega parece estar pensando en marcharse. Dice Cerezo que no vio ayer el partido. Qué puedes exigirle a ese perfil de jugador, calladito, “profesional”, futbolista de 9 a 5, si siendo presidente de un club, no sólo no acompañas al equipo en el partido, quizás más importante del año, sino que sales por la tele y los medios diciendo que no lo has visto, que te lo han contado. Qué le vas a pedir a Maxi cuando tira el brazalete y sale del campo en Oporto como el que viene de esperar fila en una cola del INEM, o qué le vas a pedir a Simao si ese mismo partido recibe un penalti de libro y se levanta con la cara de aquel que ha perdido el autobús en un día lluvioso, o qué le vas a pedir al perseguido, al uruguallo Forlán, lamentable personaje por cierto el tipo este. De vez en cuando te sale uno que le coge cariño a los colores, por su afición, quien sabe por que, pero lo normal, estando los que están, es que allí a nadie le importe nada más que cobrar lo suyo y hacer lo que se espera de ellos. Callar, correr lo mínimo exigible, y hacer lo que diga el entrenador, tragar con capitanes impuestos, y con lo que haga falta, y si un día, se meten en un entrenamiento los susodichos seguidores del Frente Atletico, con un pasamontañas y con unas maneras poco amistosas, te callas, y dices que hablar con la afición es positivo. Así nos va.

Yo soy de los que piensa que si, que Raul García es muy normalito, que falta un lateral, o dos, y que no vendrían mal dos buenos centrales, y un tío que la toque en el medio, pero aún así, creo que esto no es un problema de jugadores, no es un problema de secretario técnico. Pero quien le dice esto a una prensa conchabada y siempre en busca de un hombre de paja en el que poder descargar una frustración que se acumula desde que algunos eran niños.

En relación a esto hay grandes o pequeñas cosas que me ponen de mal humor y lo triste es que parecen sólo los síntomas de esto que vengo comentando, un problema que tiene que ver con el modelo de club que intentan desde hace años crear estos dos arquitectos de la inepcia, estos dos gerentes de Carrefour que han querido amoldar la grandeza que un día tuvo el Atlético de Madrid a sus miserables, mezquinas y minúsculas aspiraciones.

Quizás también, esto sería otro apartado, otro día se tendría que abordar el capítulo “inteligencia”, que no ha de pasarse por alto, cada vez tengo más claro que un jugador inteligente fuera del campo tiene más probabilidades de ser buen jugador en el terreno de juego por muy limitado que sea su físico o su condición técnica, es cierto que esto no sucede siempre aunque desde luego con mucha más frecuencia que el caso inverso, es decir, que un jugador digamos, tratando de dulcificar el término, poco iluminado por el don de la elocuencia, sea un buen jugador, por muy sobradas que sean sus condiciones para jugar al fútbol. Oyendo hablar a algún jugador del atlético de Madrid en estos últimos días me ha venido a la mente esta reflexión.

Veo ahora que para algunos, el Atlético de Madrid no es una religión, ni una pasión, ni una afición. Se ha convertido en una especie de enfermedad o síndrome psiquiátrico que merece la pena hacerse mirar. Es cierto que tal como decía una de las inefables frases que nos han intentado vender, el corazón tiene razones que la razón no entiende. Pero también lo es que la razón me dice que mande a tomar por el culo a las razones del corazón y a los dos mastuerzos que dirigen al Atlético de Madrid. Por que al Atlético de Madrid, jamás lo podré abandonar.

lunes, 18 de enero de 2010

Tremendismo

Decían los aficionados al toreo, que cuando un matador de estreno, uno que tomaba la alternativa en una plaza de primera, se ponía de rodillas, era frecuentemente porque le temblaban las piernas. Y no era con objeto de despreciar el valor de aquel torero que lo decían, sino al contrario para destacar el orgullo de alguien que prefiere arriesgarse a una cogida antes que ser descubierto en la falta de templanza y por tanto, en la falta de condiciones para ejercer ese arte. Decían también que si ese torero no era ya tan joven, y que si tampoco le temblaban las piernas, lo que intentaba no era más que ocultar su falta de pericia tras una cortina de valentía, que no era tal y tras un velo de locura que tampoco lo era. Era más bien una suerte de teatro para el neófito, decían que era este un toreo con engaño, repleto de gestos y situaciones que aún entrañando peligro, carecía de la profundidad y de la tensión que provoca ver a un torero cuando se coloca donde casi nadie ya se coloca. Entre unos y otros, para llamar de alguna forma a esos toreros jóvenes y a esos otros no tan jóvenes, se acuñó en el argot el término tremendismo.

Tras la remontada ante el Recreativo de Huelva en Copa, y tras derrotar al Sporting, se ha podido leer con asiduidad que el Atlético de Madrid es un equipo capaz de lo mejor y de lo peor. Se ha recurrido como siempre al tópico de la épica, y cansinamente se ha hablado de entonar la heroica. A mi me gustaría encontrar esa épica, pero ciertamente no la encuentro cuando veo en Recreativo de Huelva a un equipo de Segunda que en un gesto de valor y honestidad, vino al Calderón con los mismos reservas que poco antes habían ganado en el Colombino. Yo diría, que lo épico ha sido lo de esos chavales, lo heroico ha sido ver como unos chicos sin aspiración alguna en esta copa del Rey, que no cobrarán entre todos lo que gana Forlan, han puesto en ridículo al Atlético de Madrid y han estado a punto de eliminarlo de la Copa del Rey. Lo heroico y lo épico siempre depende de quien escriba la Historia, no me imagino a los Persas hablando de heroicidad tras acabar con unos cuantos espartanos en el desfiladero de las Termópilas. Lo heroico y lo épico, por lo visto, ha sido echar de la copa a Barrales, a Javi Fuego y a Rafa Barber.

Tampoco entiendo cuando se habla del Atlético de Madrid como un equipo capaz de lo mejor y de lo peor. Bien es cierto que somos capaces de lo peor, si lo peor es estar en segunda con el tercer historial de este país futbolístico, si lo peor es llevar diez años sin rozar un título y no rozando el ridículo sino enfrentándolo por su perpendicular. Pero, ¿cuándo, en estos últimos diez años, hemos sido capaces de lo mejor? Quizás hemos sido lo mejor para los aficionados del Real Madrid, que llevan diez años sin conocer la derrota contra nuestro equipo, o quizás lo hemos sido para todos esos clubs que con menos presupuesto han conseguido más éxitos deportivos. Quizás seamos los mejores para los directivos del Liverpool, que han comprado a Fernando Torres por 30 y al año siguiente ya valía 60. O todavía mejor, tras entregar a Maxi Rodríguez como regalo. Si es a eso a lo que se refieren cuando dicen que somos capaces de lo mejor, entonces, estoy de acuerdo. Lo mejor para los demás, digo.

Decían los aficionados al toreo, que había toreros lidiadores, de los que conocen el oficio, de los que saben leer en los ojos de un toro, conocen las querencias y las suertes, saben donde colocarse y saben como salir airosos y con dignidad de cualquier apuro, si bien su mano izquierda no fue tocada por la gracia de los privilegiados su arte es respetado y su cartel es siempre bienvenido por el buen aficionado. Decían los aficionados, que había toreros de arte, de los que no lidian, toreros que no fueron tocados con el valor de los hombres pero si con la suerte de un don intangible para dejar un natural inolvidable y de cartel cuando se espera y cuando se cuentan los triunfos, es decir, en las grandes ferias. Dicen los aficionados que hay toreros valientes, no de los que reciben a puerta gayola, sino de los que se colocan donde la tensión se mastica, donde se encuentra el verdadero peligro, donde se ve y se conoce, por que si no se conoce, no hay valor. Hay locura. Y dicen los entendidos que hay un cuarto tipo, ese tipo de torero que marca época, que reúne algo de lo que tienen los otros tres, oficio, arte y valor.

Creo que el Atletico de Madrid se ha convertido en otro tipo de torero distinto a estos cuatro, se ha convertido en un equipo tremendista, un equipo que hace mucho ruido, ya sea por sus estrepitosas debacles o por las contadas e insignificantes alegrías que le da a sus aficionados. Es el atleti ahora un equipo que no sabe leer los partidos, que no deja naturales de cartel en las grandes ferias, y que no demuestra demasiado valor cuando este ha de medirse.

Dejando de lado lo que es o deja de ser este equipo, con un poco de criterio a la hora de descartar y fichar jugadores, podría hacerse una muy buena plantilla, por que hay recursos, hay potencial y hay afición, otra cosa es que el ambiente y el espíritu que se respiran en este club nos permitan aspirar a algo más que a ser lo que para mi somos ahora mismo. Un equipo Ruidoso.

domingo, 10 de enero de 2010

En la salud y en la enfermedad

Se recurre frecuentemente y desde hace unos años a esta parte con mayor intensidad a cierta especie de explicación determinista para dar un sentido a los bandazos deportivos y no deportivos que nos obsequia el El Atlético de Madrid SAD. Las cosas ya salgan bien o mal son resultado de una identidad, de eso que llaman idiosincrasia, de algo parecido a un trastorno esquizofrénico arraigado en la historia deportiva del club que convierte a este equipo en un individuo imaginario que vive entre la épica más inesperada y el derrotismo autocomplaciente.

El Atlético de Madrid es en el mejor de los casos un ser bipolar que hace las delicias de la prensa deportiva, ya sea por lo habitual de sus situaciones caóticas o por lo heroico de las contadas e insustanciales alegrías que proporciona a su afición. Y es en el peor de los escenarios un caso perdido de chaladura que ofrece esporádicos momentos de lucidez desperdigados por un horizonte de conductas disparatadas.

Esta explicación se funda en históricas decepciones que nada tienen que ver con el presente. El Club Atlético de Madrid era un club serio, reconocido como tal en todos los campos, respetado por la seriedad de su directiva y de su afición, pero sobre todo respetado por la seriedad de sus vestuarios. No era de extrañar que un jugador, ante la disyuntiva de venir al Atletico de Madrid o de ir al Real Madrid, se decidiese por nuestro club, y lo hacía en base a la coherencia deportiva de un proyecto comprensible para todos y con un futuro de éxito garantizado, como ahora, en aquel entonces el Atlético de Madrid partía en desventaja respecto a Real Madrid y Barcelona, pero esa desventaja era frecuentemente superada con seriedad, coherencia y cierto gusto por el buen fútbol. Las decepciones por aquel entonces eran tales como perder una final de la copa de Europa, regalar una liga en las últimas siete jornadas o perder una liga en casa empatando contra el Barcelona, pero también las alegrías eran otras. Eliminar a la Juventus, eliminar al Cagliari, ganar una intercontinental o ganarle una liga al Real Madrid en el Bernabeu.

Cuando un socio del Atlético de Madrid enseñaba el carnet en el bar lo hacía orgulloso de su equipo, de un equipo que era respetado y bien acogido en todos los campos, de un club señorial con un vestuario envidiable y repleto de buenos futbolistas que aspiraban por derecho a ganarlo todo. El romanticismo de aquel club se fundaba en la desventaja superada sobre la base del esfuerzo. Se fundaba en el espíritu de superación.

Ese romanticismo, esa identidad, ha sido manoseada y desvirtuada hasta su completa aniquilación. Ha sido transformada en un producto de marketing que muchos nos hemos negado a comprar pero que no pocos han abrazado como una nueva identidad de la que incluso se puede presumir. La identidad del perdedor simpático que nunca abandona sus colores por muy decepcionantes y ridículos que lleguen a ser. Cuando un aficionado del Atlético de Madrid decide hacerse abonado de este club, no lo hace ahora con la ilusión de ver buen fútbol, de ver un equipo comprensible y serio que aspira en lo deportivo a superar las adversidades con la fuerza de su trabajo, lo hace en muchos casos con la intención de comprar un carnet de identidad, lo hace con la intención de comprar cierta especie de producto muy valorado en nuestra sociedad, lo hace como aquel que decide y puede vestir de Armani, lo hace como aquel que decide y puede comprarse un volswagen Golf, lo hace como aquel que necesita ser identificado por los demás como un sujeto diferente y excepcional que encuentra su distinción en la extravagancia del perdedor orgulloso, acostumbrado a los desastres y a los sinsabores de un destino cruel que tiene escondida para su equipo la anhelada gloria de los desheredados.

Esta nueva identidad ha tomado forma y se ha visto reforzada en la desastrosa gestión que sufre el Atlético de Madrid desde que la Familia Gil se hizo cargo del club, y ha sido creada y alimentada por la directiva y por la prensa con el objeto de enmascarar la incapacidad de sus dirigentes para mantener el legado que recogieron. Esta nueva identidad es el paraguas bajo el que se cobija un directiva incompetente y oscura, unos jugadores desvinculados de su responsabilidad, una prensa vendida y sin capacidad para realizar un análisis crítico y un cuerpo técnico frecuentemente desautorizado y colocado allí con la intención de soportar sobre sus espaldas, mientras estas aguanten, la incoherencia del contexto. Esta identidad, en fin, ha sido creada para dar explicación a lo que de otra forma sería inexplicable.

Difícil será cambiar las cosas si parte de la afición se encuentra cómoda en esta identidad. Hoy sabemos que Quique Sánchez Flores no se encuentra cómodo y se lo ha hecho saber a su plantilla y a una directiva que recibió con cierto asombro las declaraciones del Miércoles. Veremos entonces con Quique, si finalmente un trastorno de bipolaridad, se cura con hostias o si este psiquiatra de nuevo cuño acaba junto a sus revolucionarias teorías durmiendo en una habitación acolchada.

viernes, 8 de enero de 2010

Historia de un capitán chiflado

No hace demasiado volvía el Atlético de Madrid con tres goles en la maleta tras su visita a la Rosaleda. Indolencia y desgana eran los sentimientos que transmitía aquel equipo dirigido por Abel Resino. Tras la derrota en Huelva, desidia y desinterés se suman a una lista de adjetivos que ya empiezan a faltar.

Describir la situación que vive el Atlético de Madrid se hace cada vez más difícil, encontrar palabras para darle sentido o explicación a todo esto sería equiparable a formular de forma lógica la tautología del fracaso. Y decir que el Atlético de Madrid se ha convertido en el bombero torero del Fútbol español parece un eufemismo que esconde la cruel realidad de este club, donde casi nadie ya merece el mínimo respeto que tienen bien ganado esos saltimbanquis que aparecen por la plaza de forma inopinada dando y recibiendo golpes con un disfraz de torero.

Hoy me parece lógico cargar contra los jugadores, sobre aquellos que desde hace tiempo aparentan vivir en una metáfora y espero que Quique, en su nueva versión de Bombero pirómano tenga fortuna y valor en sus elecciones. Si se trata de apartar algún jugador del primer equipo tendrá muy difícil equivocarse.

Sobre la directiva poco se puede decir que no se haya dicho ya. Cuando menos resulta sospechosa su permanencia, no ya como máximos accionistas, sino sobre todo como gestores, tanto más cuanto que su gestión resulta ineficaz y desastrosa a los ojos de todo vidente, y como desastrosa e ineficaz que es, ha de ser también perjudicial para el valor de esas acciones, que si es cierto que tienen algún valor, no debe de ser muy alto en estos momentos. Sólo dos explicaciones acertarían a encajar en esta opereta. O bien estos señores sacan un beneficio neto a través de conceptos que nos son desconocidos y que nadie parece interesado en darnos a conocer, o bien estos señores padecen de algún tipo de patología psiquiátrica por descubrir a la que bien podríamos llamar "capitanismo" y que podríamos definir como aquella que padecen ciertos individuos que desde su más tierna infancia han anhelado comprar un barco para ser al tiempo armador y capitán, y que una vez conseguido el barco, navegan torpe y ridículamente muy a pesar de los pasajeros que aún permanecen en él, ya sea insultando al maestre o al grumete menos dotado.

Tras unos cuantos maestres, y tras ver pasar por el barco a marineros de todo orden y condición, podríamos pensar que son ya una mayor parte de los pasajeros los que coinciden en señalar al Capitán como máximo responsable de la navegación del barco. Pues esto no pasa en el Atlético de Madrid, no pocos aficionados de los que van todos los partidos con su bufanda y su camiseta reclaman nuevos grumetes y marineros aún sabiendo que el capitán los contrata sin poseer los mínimos conocimientos marítimos o por motivos completamente ajenos a los intereses del barco y todavía algunos, incluso, al atracar en un puerto, sienten cierto orgullo cuando son reconocidos como el mayor ridículo de todos los mares.

Por fortuna, cada vez más atléticos encuentran al capitán como responsable después de tantas rutas absurdas y tanta tormenta sin sentido. Cada vez son más y al final se harán oír, yo sólo espero que esto suceda antes de convertir al Atlético de Madrid en un bonito pecio que algunos nostálgicos en el futuro traten de reflotar.

lunes, 4 de enero de 2010

Huyendo del Fuego

En tierras de bruma, en cenagales, en un invierno perpetuo nos situaba Jean Jacques Annaud hace ya casi treinta años. Un grupo de Neanthertales, en el otoño de su existencia, se encuentra en situación desesperada, su fuego, la fuente de calor, aquel que conservan cuidadosamente en una candil, sagrado, protegido por los ancianos, agota su vida producto del frío. Bien adaptados al medio, robustos y expertos cazadores, los Neanthertales, no dominan ese elemento tan preciado que consiguen de la casualidad. Aquel de todos ellos que ha vivido más tiempo procura su sabiduría al resto y les hace entender que su supervivencia será muy difícil si no adquieren de nuevo una llama que proteger. Y así, unos valientes Neanthertales salen de aquel lugar en busca del Fuego.

Las causas de su desaparición son poco conocidas, se sabe que pudieron interaccionar con el Sapiens Sapiens, y se ha ido abandonando con el tiempo esa idea que nos dibujaba a estos hombres como seres inadaptados y carentes de toda cualidad humana. Un cierto horizonte espiritual, sensibilidad o incluso el lenguaje no les eran desconocidos y los historiadores de la prehistoria, los arqueólogos y los paleoantropólogos coinciden ahora en afirmar que su extinción pudo ser más producto de problemas genético-ambientales antes que de su adaptación al medio. Jean Jacques Annaud, en una visión más poética, como hizo poco después en “El nombre de la Rosa”, nos narra un momento de cambio, nos deja ver la semilla de una revolución cultural desde los ojos de aquellos que no la emprendieron, pero si fueron testigos de su origen.

Aquellos Neanthertales, los que emprendieron la misión de encontrar, proteger y llevar el fuego para su grupo, encuentran por el camino a una pequeña mujer, un Sapiens Sapiens, cuya aparente fragilidad esconde perfectamente el arma que hará prevalecer a sus congéneres, la capacidad intelectual, la fraternidad grupal o cierta cualidad para moldear el medio y para dominar los elementos que la naturaleza ponía a su alcance.

Mientras asistía con cierta perplejidad al partido Atlético de Madrid – Sevilla, avergonzado como casi siempre por alguno de los cánticos que se oyen desde el fondo sur, y muy a pesar de que el Sevilla no es un equipo que me caiga para nada simpático, cansado ya de las pipas, con los pies helados, la bufanda tapándome la nariz y Reyes camino de los vestuarios, no pude dejar de pensar que aquel Atleti, sin agüero, bien podría ser ese grupo de Neanthertales, perdidos en un invierno sin final, viviendo de la casualidad, arrojados allí a lo desconocido por un señor llamado Quique Flores, arrojados a la aventura, pero no a la aventura de encontrar el fuego, sino a la aventura de despistarlo, de hacerlo olvidar, como si la solución de aquellos Neanthertales que nos contaba Jean Jacques Annaud no hubiese sido si no otra que gritar y despotricar contra todos los animales de su querida ciénaga esperando que tal vez acomodados en una naturaleza que nos les corresponde el fuego fuese a aparecer de nuevo por arte de magia. Bien haría el señor Quique Flores en buscar el fuego cuando se apaga y no en salir huyendo a base de los patadones y a base de las manidas excusas que tan pronto ha mimetizado. Presión, presión la de aquellos Neanthertales, eso si que era presión y no la que puede sentir el señor Forlán.

Aquella joven, Frágil y pintarrajeada, en un glorioso momento de la película, muestra a aquel Neanthertal como fabricar Fuego. Ese pequeño ser, anticipa al fornido Neanthertalensis el futuro de su grupo. No basta con adaptarse, para prevalecer, se requiere dominar.